El apego al archivo

La dura realidad es que esas ideas no eran mejores ni resolvían mejor el problema; solo eran pequeños recordatorios de cuánto nos costó construirlas. Las pruebas. Las horas. El cansancio. Los bloqueos. Cada versión. Ese momento exacto en el que, después de pelear durante un tiempo con algo, finalmente una pieza encajó.

Y, en un segundo, pasa: alguien propone sacarla.

De repente ya no estamos defendiendo una decisión visual, sino todo “el camino del héroe”, cada cosa que hicimos hasta llegar hasta ella.

“No era tan buena, pero era mía”. Quizá ahí empieza el apego al archivo: en no poder separar el valor de una idea del esfuerzo, el tiempo y la parte de nosotros que depositamos en ella. Guardamos el archivo porque recopila algo más que una solución. Resguarda una versión de nuestro proceso: cómo creamos, cómo pensamos, qué intentamos y quiénes éramos mientras la hacíamos.

Algo parecido ocurre cuando terminamos de armar un mueble y, aunque haya quedado desnivelado o sobren tornillos de procedencia dudosa, lo miramos con orgullo pensando: lo hice yo. Lo mismo ocurre con los dibujos que terminaban pegados en la heladera: quizá no eran obras maestras, pero eran nuestros.

Créanlo o no, esa tendencia a valorar más aquello en cuya construcción participamos tiene un nombre: el efecto IKEA.

En el proceso creativo aparece todo el tiempo.

Nos encariñamos fácilmente. Con el resultado, con las pruebas descartadas, con la dificultad que conseguimos resolver y con la historia privada que existe detrás de cada pequeña decisión. El gran problema es que todo ese recorrido, que es real y vivido para quien crea, no siempre es visible (y la verdad, no siempre es relevante) para quien recibe o ve la pieza.

Algunas veces creemos que estamos defendiendo una idea, cuando lo que estamos defendiendo es el esfuerzo que nos costó construirla.

Por eso, cuanto más trabajamos una dirección, más difícil se vuelve observarla con distancia. Y aparece el tiempo invertido como el argumento para valorar: si requirió tantas horas, tantas capas, tantas correcciones, debe tener valor. Pero el proceso creativo no es una ecuación matemática en la que cierta cantidad de pasos garantiza automáticamente una mejor resolución.

Hay ideas que necesitan tiempo para madurar y otras… pues otras solo acumulan tiempo porque nos resistimos a aceptar que no funcionan para la tarea. Y como quienes desarrollan la idea, construimos una relación emocional con lo creado. Una decisión deja de ser únicamente visual o narrativa, se convierte en el resultado de nuestra mente, nuestra intuición, nuestro criterio y nuestra capacidad de resolver problemas. Y cuando alguien la cuestiona, a veces sentimos que también está evaluando nuestra manera de pensar.

Desarmar también es diseñar

Mi hipótesis de hoy, entonces, es que editar puede resultar más difícil que crear. También sostengo que los martes son el peor día de la semana, pero esa investigación sigue en curso.

Editar requiere separar el valor del proceso del valor del resultado. Exige poder reconocer que una exploración pudo haber sido útil aunque no aparezca en la versión final o que una idea descartada no fue necesariamente tiempo perdido.

Quizás permitió comprender mejor el problema, descartar un camino o llegar hasta otra solución que no habría aparecido sin ella.

Cuando digo que desarmar también es diseñar, hablo de convertir el descarte en una parte central del proceso. Diseñar es sumar, resolver y construir. Pero también es retirar, descartar y reconocer cuándo algo ya cumplió su función.

Además, déjenme sostener su mano mientras digo eso: no todo lo que hacemos tiene que sobrevivir para haber sido valioso.

Algunas veces una idea existe únicamente para mostrarnos por dónde no ir. A veces funciona como puente hacia otra. Algo parecido a los martes: no destacan por sí mismos, pero al menos nos acercan al miércoles. Quizá la idea resuelve una parte del problema, pero no el problema completo. Y otras veces esa idea simplemente no era tan buena como creíamos. Y aceptar eso no invalida el trabajo.

En los equipos creativos solemos tener pequeños cementerios internos.

Carpetas llenas de logos que no sobrevivieron a la presentación, key visuals que perdieron en el ring y conceptos que llegaron muy lejos antes de morir a tres slides del final.

A veces vuelven como fantasmas. Abrimos un archivo viejo y pensamos: ah, era buenísima esta idea. Y quizás lo era. O quizá simplemente la recordamos con cariño porque sabemos todo lo que hubo que hacer para llegar hasta ella.

Esos cementerios son archivos del pensamiento. Albergan las decisiones que permitieron encontrar otras, los caminos que hubo que agotar y las ideas que, aunque no terminaron publicadas, empujaron el proyecto hacia algún lado.

El problema aparece cuando intentamos resucitarlas en cada proyecto nuevo.

A veces funciona. Una idea descartada en un contexto puede encontrar sentido en otro. Pero otras veces quiere volver como Alf en “forma de fichas” o con un bigote falso: otro color, otro nombre, una tipografía distinta y la misma esperanza de que esta vez sí sea elegida. Cómo nos cuesta soltar, che.

Quizás por eso un proceso creativo sano no solo necesita un espacio para las ideas vivas. También necesita un buen lugar donde enterrar las que ya cumplieron su función.

Y OJO. El peligro no es el cementerio: es convertir cada proyecto nuevo en una excusa para resucitar lo que ya habíamos enterrado.

Creo que una de las habilidades más importantes de quien crea es reconocer qué ideas merecen permanecer armadas y aprender a mirar lo propio como si no fuera completamente propio. Porque no lo es. Al menos, no del todo.

Crear es comprometerse lo suficiente para construir una idea y conservar la distancia necesaria para desarmarla.

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val guerra